CONCEPTOS DEL PRESIDENTE DE LA NACION, GENERAL JUAN DOMINGO
PERÓN
SOBRE LA GESTIÓN PÚBLICA
Acerca de los deberes y obligaciones de los funcionarios
gubernamentales
2 de julio de 1952
Señores:
Yo les he pedido a
los señores ministros que tuvieran la amabilidad de invitar a los altos
funcionarios del Estado para tener la inmensa satisfacción de poder
estrecharles personalmente la mano y conversar con ellos, aunque sea breves
instantes, sobre nuestras preocupaciones comunes de gobierno, en la iniciación
de este segundo período.
La relación entre
concepción y ejecución
Dentro de nuestra
acción hay dos tareas que desarrollamos paralelamente: desde el gobierno, la
concepción de los problemas; y en los ministerios, la realización y ejecución
de esas soluciones. Por esa razón, señores, es importante que los que
concebimos y los que ejecutan sintonicemos perfectamente bien la tarea común.
En esta forma, a una concepción que puede ser más o menos buena se la completa
y se la realiza con una ejecución inteligente.
El gobierno concibe centralizadamente y la organización
estatal ejecuta descentralizadamente.
La tarea de gobernar
es fundamentalmente, la solución de los grandes problemas que el país tiene y
que deben ser encarados y resueltos por el organismo estatal. Y ese organismo estatal, para mí, está formado
en sus dos escalas fundamentales, por el gobierno, y por la organización del
Estado. El gobierno concibe centralizadamente, y la organización Estatal lo
realiza descentralizadamente. Esta es una tarea de orden orgánico muy fácil de
concebir y un poco difícil de organizar si no se la estudia y organiza
funcionalmente.
Por esta razón he
querido, antes de iniciar esta tarea que para nosotros comenzará el 1º de enero
de 1953 con el segundo plan quinquenal de gobierno, dedicar estos seis meses
mientras realizamos el remanente del primer plan, cumpliendo la acción iniciada
en 1947, para ir preparando el instrumento necesario con una profunda
inteligencia para obtener una mejor realización, menos improvisada, que en el
primer plan quinquenal y más racional.
El segundo plan
quinquenal debe encarar y resolver todas esas realizaciones sin crear problemas
ad latere a esa organización, como nos ocurrió en el primer plan quinquenal.
Por esa razón, he
pedido a los señores ministros que tuvieran la amabilidad de invitar a los
altos funcionarios del Estado y solamente a esos altos funcionarios del Estado
como sus colaboradores directos, en la concepción y realización de las
soluciones que surgen de los problemas mencionados.
La situación en 1946
Señores: para presentar el panorama me voy a permitir hacer
un poco de historia retrospectiva.
En 1946, cuando nos
hicimos cargo del gobierno, el panorama que se me presentó a mí, un hombre
acostumbrado a realizar trabajos orgánicos fue pavoroso.
Llegaba de golpe a un
gobierno sin ninguna planificación y sin ninguna organización. Como digo, yo
era un hombre racionalmente acostumbrado a encarar la solución mediante
estudios previos, estudios bases, planes, etc., y se me presentó el terrible
dilema de planificar por realizar.
Si hubiera
planificado todavía estaría pensando que deberá hacerse en el primer plan
quinquenal, aún después de haber terminado el primer gobierno. Realizar sin
planificar siempre resulta una tarea un poco irracional y hasta a veces
anacrónica. De manera de que debemos encarar ese problema y resolver durante la
marcha la organización, hacer la planificación y realizarla; tres tareas que
difícilmente puedan combinarse, máxime cuando se tiene una falta total de
organización. Por eso quiero presentarles el problema a los funcionarios.
En cuanto a
organización, no puede nadie negar que nuestro pueblo estaba totalmente
desorganizado. Las fuerzas naturales de la organización que todo pueblo debe
obedecer a las actividades fundamentales, no se habían realizado en nuestro
pueblo, sino alrededor de círculos o intereses que no es lo racional para la
organización de una Nación y menos de un Pueblo.
El Estado estaba
total y absolutamente desorganizado como consecuencia de haber mantenido una
vieja organización que pudo haber respondido hace cien años pero que ahora ya
no respondía a las necesidades del momento y menos en una época inminentemente
técnica en la organización, en la administración, y en el gobierno.
Un gobierno total y
absolutamente desorganizado había en esta casa. Y muchos de ustedes, que son
viejos funcionarios lo saben: un presidente, un jefe de despacho que ponía el
sello a los decretos, un secretario privado que contestaba las cartas a los
amigos, unos edecanes, una Casa Militar para recibir a los amigos y un
secretario político que repartían los puestos públicos.
Hubo que organizar el
gobierno y después el estado
Frente a ese problema
se presentó, como previo a todo, organizar el gobierno; después organizar el
Estado. Organizar el gobierno creando los elementos básicos, vale decir un
ministerio técnico de gobierno, porque hoy no se concibe el Estado sin una
organización científica para gobernar. Han pasado muchos años desde que se
gobernaba un país como patrón de estancia. La República Argentina ya no puede
ser gobernada así. Hay demasiadas cosas que atender y demasiado importantes,
para que nosotros podamos gobernar discrecionalmente. Este es un país que ya no
se puede gobernar discrecionalmente: hay que gobernarlo organizadamente, si se
lo quiere gobernar. No hablemos de los ministerios que numerosísimos asuntos de
diversa índole, muchos antagónicos, que debían resolverse dentro del
diligenciamiento administrativo y de gobierno permanente.
No se puede gobernar
lo inorgánico
Lo único que yo
entiendo que no se puede gobernar es lo inorgánico. Nadie puede gobernar lo
inorgánico. Es necesario, antes de gobernar, de dirigir o de mandar, tener algo
orgánico para hacer. En otras palabras, señores, tuve la sensación, al llegar
al gobierno de que yo podría hacer cualquier cosa, menos gobernar y dirigir,
si no me ponía a trabajar de inmediato en la organización.
Hay una organización
estructural y otra funcional
La organización,
según la entiendo yo, tiene dos fases distintas. Hay una organización que es de
carácter estructural, y otra que es de carácter funcional. Es muy fácil tomar
un gran papel, sentarse en un escritorio con todos los datos y hacer una cantidad
de cuadros con sus nombres adentro; eso puede ser una organización ideal.
Pero no es una
organización estructurada hasta tanto no se transporte a la organización del
Estado, del gobierno y del pueblo, donde tampoco habrá organización mientras se
trate solamente de una estructura orgánica: es necesario que ande eso.
Muchas veces, cuando
me presentan un proyecto de organización, yo lo veo y digo: muy bonito. Me
recuerda cuando me enseñaban fisiología en el colegio, cuando presentaban el
cuerpo humano y veíamos las tripas y todos los órganos pero eso no era un
hombre. No andaba. Era muy lindo para verlo pero no funcionaba. La organización
que me interesa es el hombre caminando, comiendo y haciendo su trabajo. Lo
mismo pasa con la organización institucional. No es bastante ese lindo cuadro.
No. Es mejor que no sea tan lindo y que ande, que ande en la realidad, con sus
enfermedades, con sus pasiones y con todos los defectos y virtudes que los
hombres llevan a la organización.
Comenzamos por
organizar el gobierno
Fue así, señores, que
comenzamos por organizar el gobierno, creando un instrumento de planificación,
uno de racionalización, uno de estadística. Es decir, señores, lo necesario
para saber qué tenemos, cómo lo tenemos y después, cómo debemos actuar para
realizar un trabajo. Todo eso se realizó en el gobierno.
Después, esa
organización pasó por la Ley de Ministerios al Estado, y este comenzó a
organizarse de la misma manera en cada institución, en cada departamento, como
se había organizado el gobierno con sus organismos, etc.
Han pasado seis años
y hoy tenemos una organización estructural buena. No la creo muy buena ni la
creo excelente, pero yo me conformo con que esa organización sea buena, porque
a menudo lo mejor es enemigo de lo bueno. Tengamos lo bueno.
También creo que
también es estructuralmente buena; no lo es todavía, funcionalmente, sino
regular. Vale decir, señores, en otras palabras, que hemos organizado estática
y estructuralmente bien la administración pública y los órganos de gobierno,
resolviendo así el problema cuantitativo de la organización, ahora es menester
encarar el cualitativo.
El hombre trae sus
pasiones, sus virtudes y sus defectos a la organización
Esa organización
estructural puede ser muy buena, pero cuando se le pone el hombre, cambia,
haciéndose mejor o dejando de ser buena, porque el hombre trae sus pasiones,
sus virtudes y sus defectos a esa organización.
En la organización
pasa como en todos los demás problemas. No hay problema que no tenga solución.
No se puede decir de los hombres. No todos los hombres tienen solución. Esa
intervención del gobierno en la organización es la que perfecciona o anula las
bondades de la organización estructural, que es la cuantitativa. Ahora es
menester encarar la funcional, que es la cualitativa.
Por eso los he
reunido este día para hablar no ya de la organización estructural, que está
hecha, sino encarecerles que nos ayudemos todos nosotros para encarar la tarea
cualitativa de ir perfeccionando la administración y perfeccionando al hombre,
porque eso ya no depende de la organización, sino que depende del hombre,
depende del funcionario, del empleado, y aún del obrero que trabaja dentro de
la administración.
Legarle a la
república una organización estatal que le permita decir que se administra y
gobierna de la mejor manera
El Segundo Plan
Quinquenal habrá cumplido en este orden de ideas en lo orgánico, si nos permite
afirmar en 1958 que, así como hoy, hemos terminado con lo estructural, en 1958
hemos terminado con lo funcional legándole a la República una organización
estatal que le permita decir que se administra y gobierna de la mejor manera,
por si sola, por si misma. Porque en nuestro país no debe darse el panorama
lamentable de un país que se gobierna todavía en 1952, mediante la
discrecionalidad política de los hombres, tan llenos de defectos, y tan llenos
de pasiones, como también tan cargados algunas veces de virtudes.
Esto, señores, es
fundamental para el Estado. Si nuestro movimiento político no dejara a la
República la garantía de una administración cuantitativa y cualitativa capaz de
gobernar, habría dejado de cumplir, quizá, su principal función de gobierno
para la consolidación de las garantías que el país necesita de sus gobiernos.
Por esa razón yo quiero hablar hoy de eso.
Nosotros, porque no
somos personalistas, ni somos discrecionalistas en el gobierno, hemos comenzado
por establecer una doctrina. Los discrecionalistas son siempre enemigos de las
doctrinas. También los personalistas lo son porque su doctrina son ellos.
Cuando un hombre se desprende de su personalidad para crear una personalidad
colectiva es porque no tiene intenciones ni individualistas ni
discrecionalistas y menos aún personalistas. Por esa razón, señores, nosotros
adoptamos una doctrina; hemos querido orientar al país en una dirección. Los
hombres que hacen uso adecuado del racionalismo son siempre partidarios de este
sector de la organización humana.
La doctrina es el
punto de partida de organización de una colectividad
Lo primero que la
Nación debe tener es una doctrina. Nada se puede hacer con colectividades
inorgánicas y la doctrina es el punto de partida de la organización de una
colectividad. En el gobierno, la doctrina debe ser para nosotros el punto de
partida para toda la organización. Cuando los hombres no están adoctrinados es
mejor no juntarlos; nuestra tarea es una tarea de equipos.
La doctrina nacional
puede ser discutida, pero debe ser aplicada porque algo tenemos que hacer.
Discutirla para perfeccionarla, pero aplicarla, porque el que no aplica una
doctrina que se ha creado para la Nación está procediendo en contra de la
Nación. Una doctrina es indispensable para que todos sepamos qué es lo que
tenemos que hacer, cualquiera sea el puesto que en suerte nos ha tocado
desempeñar en la colectividad argentina.
Una doctrina nacional
es fundamental en la nación, como fundamentales son el alma y el pensamiento de
un hombre
En esto, señores, una
doctrina nacional es tan fundamental en el Estado, en la Nación, como
fundamentales son el alma y el pensamiento en un hombre. ¿Adónde va un hombre
que no tenga sentimientos ni pensamientos? ¿Y adónde iría una Nación que no
tuviese un pensamiento y un sentimiento comunes?
Hay cosas en las
cuales podemos estar diametralmente opuestos en la apreciación, pero hay
sectores y factores de la nacionalidad con los cuales ningún argentino puede
estar en contra.
La doctrina nacional
se conforma alrededor de estos últimos, vale decir, de aquellos asuntos en que
todos los argentinos debemos estar de acuerdo para el bien de la Nación.
Eso es lo que
conforma el contenido fundamental de la Doctrina Nacional. Es así como vamos a
dar a la Nación un alma colectiva que nos haga sentir y, quizá, que nos haga
pensar de la misma manera. Eso en cuanto a la Nación.
El funcionario o
empleado público es el ejecutor directo de esa doctrina por mandato implícito
de la constitución y de la ciudadanía
En cuanto al Estado,
ese concepto se estrecha mucho más: no puede haber un funcionario de ninguna
categoría ni un empleado destinado al servicio de la Nación que no piense
estrechamente dentro de la doctrina nacional, porque él es el ejecutor directo
de esa doctrina. En otro ciudadano de otra actividad quizá no sea tan
pecaminoso que hiera a la doctrina, o aún, que esté en contra del dictado de la
doctrina, pero un funcionario o un empleado público que es el ejecutor directo
por mandato implícito de la Constitución y de la ciudadanía, no puede estar
fuera de eso.
Por esta razón,
señores la doctrina no contiene minucias ni insignificancias, contiene lo
fundamental de la Nación. Nosotros hemos cristalizado como doctrina nacional
nuestras tres banderas, que no pueden arriarse por otro que no sea un traidor a
la Patria.
La Justicia social,
la Independencia económica y la Soberanía del Estado no pueden ser negadas por
ningún argentino; y no solamente negadas ni discutidas, porque cuando se trata
de la justicia, cuando se trata de la libertad y cuando se trata de la
soberanía no puede haber discusión en contra de la Nación.
Esto, señores, que
conforma una verdadera doctrina nacional, es lo que debemos llevar al alma de
la Nación. Y nosotros, los agentes civiles de la Nación, somos los encargados
de realizarlas. Nada hay más fundamentalmente importante que eso.
En esto, señores,
establecida la doctrina nacional, nosotros tenemos una obligación permanente:
es la de llevarla a todo el organismo estatal.
Convengamos que en
este primer plan quinquenal, que nosotros hemos realizados con tanta hesitación
por que era todo improvisado – donde resolvíamos un problema salían tres o
cuatro como consecuencia de la improvisación -, no habíamos podido realizar una
cosa terminada ni una planificación bien desenvuelta y bien realizada.
Resolvíamos un problema y creábamos otro, como pasa siempre en la
improvisación. Si hubiéramos querido planificar, quizá no hubiéramos podido
realizar.
La realización está
siempre por sobre la concepción
Es esto, señores, hay
que pensar que siempre la realización está por sobre la concepción. Hay que
hacer las cosas mal o bien, pero hacerlas, decía Sarmiento; una gran verdad
porque si no, estamos siempre en discursos y en veremos, y lo que enriquece al
país y lo que engrandece a la Nación es lo que vamos colocando encima de ella,
en último análisis. Esta tarea debíamos realizarla perentoriamente; se
justifica que no hayamos planificado acabadamente
El segundo plan
quinquenal
Pero, señores, es
menester que en este Segundo Plan Quinquenal nosotros perfeccionemos sobre la
misma marcha este aspecto. Para ello habrá una buena planificación, porque
ahora hemos tenido tiempo de realizarla. Cada uno de los departamentos de
Estado va a tener un plan perfectamente bien estudiado, con el planteo inicial
en la solución de cada uno de los problemas y cada una de las realizaciones,
donde se han contemplado todos los objetivos y factores, en forma de que la
solución de uno no cree problemas subsidiarios.
Quizá la realización
cueste menos trabajo, señores, y ese tiempo libre que nos dejará, así como
antes los dedicábamos a la organización estructural, debemos dedicarlo ahora al
aspecto colectivo de esa organización, porque de poco valdrá la organización
sino hacemos del hombre que la compone un funcionario cada día más honrado y más
capaz.
Nuestra tarea no es
solamente la de capacitar técnicamente a los funcionarios de Estado, sino
también educarlos en una moral administrativa intachable.
El gobierno no puede
ser la acción burocrática del trámite: el gobierno tiene que ser algo más noble
Esto es lo que quiero
tratar en el último término: el trabajo que todos debemos realizar desde el
gobierno del sector que nos corresponda. En primer lugar, debemos establecer
qué es el gobierno desde un punto de vista empírico, no teórico, porque se ha
hablado mucho de estas cuestiones del Gobierno. El gobierno no puede ser la
acción burocrática del trámite: el gobierno tiene que ser más noble.
Por eso es que el
punto de partida nuestro es que hoy, con la organización estructural, tenemos el
instrumento, pero tenemos un instrumento sin temple, sin brillo, quizá sin la
forma adecuada para el trabajo que tenemos que realizar. Tomemos este
instrumento en nuestras manos, y antes de emplearlo, démosle el temple que debe
tener, formémosle ese temple, formémosle la capacidad, diríamos formal, para la
realización; pulámosle todas sus aristas y estén seguros de que ahora, con ese
instrumento vamos a realizar el mejor trabajo con el mínimo de esfuerzos y
sacrificio.
Para eso, señores,
que es tan fácil de decir, debemos emplear muchas, pero muchas de nuestras
fatigas de estos años de trabajo. Es muy difícil formar hombres que uno los
toma ya después de haber andado mucho por la vida y mucho por la
administración. No es fácil. Más fácil es formar que corregir, que modificar y
que formar de nuevo. Por eso la tarea nuestra tiene en ese aspecto una
importancia fundamental, y yo les pido a todos los señores que piensen por sí,
que reflexionen profundamente sobre la responsabilidad que pesa sobre nosotros,
no solo como funcionarios sino como maestros de los que van a hacer después los
funcionarios que nos reemplacen y que deben formarse dentro de esa
administración que nosotros manejamos.
No hay que castigar
al que se equivoca, sino al que no hace nada para no equivocarse
El Estado tiene
excelentes hombres dentro de sus funcionarios y de sus empleados. Tiene un
material de primera clase. Ahora, es cuestión de irlo dignificando, levantando
y, sobre todo, de darle poder a la iniciativa de estos hombres, no castigando
al que se equivoca, que no es merecedor de un castigo de ninguna naturaleza,
sino más bien haciéndolo con el que no hace nada para no equivocarse, que ese
sí es el culpable, o eliminando sin consideración de la administración pública
al que procede mal deliberadamente, que es el peor enemigo de la
administración.
La administración
pública es un lugar sumamente sensible en su equilibrio y buen nombre
La administración
pública es un lugar sumamente sensible en su equilibrio y en su buen nombre.
Cuando hay un funcionario o empleado ladrón, no dicen que fulano de tal es un
ladrón, sino que todos los empleados públicos son una punta de ladrones. Por
eso no es suficiente con cuidar la propia conducta de los funcionarios, sino
que hay que cuidar la de todos los que están a la orden de uno, porque esa
reputación también nos toca a nosotros cuando se menoscaba en cualquiera de los
escalones administrativos.
Por una deformación
ya consuetudinaria en todos los gobiernos el funcionario público está siempre
expuesto a que cada ciudadano vea en él a un hombre que delinque contra la
administración y contra la ley. Todos los que manejamos algo de la cosa pública
estamos expuestos a que nos digan que somos unos ladrones. Pero eso no importa;
eso es culpa de los que han administrado y gobernado.
Nosotros tenemos
quizá un exceso en la prudencia con que empleamos el gobierno y con qué
administramos, un exceso de minuciosidad en la honradez administrativa, para ir
borrando poco a poco ese concepto que, justificadamente en muchos casos, tiene
el pueblo de sus funcionarios y de su gobierno. Somos nosotros los que hemos de
honrarlo.
Muchas veces algunos
amigos y funcionarios han venido hasta mi despacho y me han dicho: “Le
agradezco, señor Presidente, el cargo que usted me ha asignado”; y yo le digo:
“Vea, todavía no sé si tendrá que agradecérmelo”. Porque nosotros decidimos que cada
funcionario o cada empleado lleva en su mochila el bastón del mariscal y
hacemos que cualquiera de ellos en una oportunidad pueda sacar el bastón de
mariscal para mostrarlo como emblema de su autoridad. Nosotros no hacemos más
que eso. Lo demás lo hace el funcionario. Nosotros lo ponemos en la vidriera
para que el pueblo lo vea; si es bueno, se va a llenar de honor y de predicamento
y si es malo, se va a hundir toda su vida. Nosotros no hacemos nada por él,
sólo le damos la oportunidad a que todos los ciudadanos tienen derecho. Cuando
nosotros damos esa oportunidad, lo hacemos de buena fe, y a menudo también nos
equivocamos de buena fe. Pero de los males que acarrean esas equivocaciones
participamos todos en una parte proporcional. Todos cargamos con el mal nombre
del deshonesto, todos cargamos el mal nombre del incapaz.
En consecuencia, si
esa responsabilidad la compartimos y distribuimos entre todos nosotros, todos
tenemos la obligación de trabajar para que eso no se produzca dentro de la
administración pública para cuidar no sólo el prestigio de la administración,
sino el prestigio de cada uno de nosotros.
Estar listos para dar
cuenta de cualquiera de nuestros actos es lo fundamental, porque los gobernados
tienen derecho a conocer el acto más insignificante de su gobierno.
La educación y
formación de nuestros funcionarios
Por eso, en la
educación y formación de nuestros funcionarios y empleados tenemos que tener, a
la vez que la función de la administración y de gobierno, la función del
maestro y del pretor que vigila permanentemente no sólo los actos de los
empleados, sino también su conducta, que es la pauta de su procedimiento. En
este sentido, somos un poco maestros y un
poco padres; tenemos que ir formándolos. A menudo el fárrago de
cuestiones que nos envuelve en la función administrativa y de gobierno nos hace
olvidar esa función de maestro.
Ocurre muchas veces
que un empleado trae una nota mal hecha que la hizo Gutiérrez. Nosotros decimos
que es un bárbaro y que la haga Pérez. No, no hay que proceder así Hay que
llamarlo a Gutiérrez, perder cinco minutos con él y decirle: “Vea, ha hecho mal
esta nota; aquí debía decir tal cosa, hágala bien y tráigamela”. Sólo se han
perdido cinco minutos, pero se salva a un hombre que puede ser excelente si le
enseñamos, y que se perderá irremisiblemente si lo rechazamos por no cumplir
con nuestro deber de funcionarios. Pero cuando esa nota ha sido “exceso de
capacidad”, cuando se ve en la nota la mala intención, no hay más remedio que
mandarlo al juez federal para que se entienda con él. Eso es fundamental.
Un gobierno se
desprestigia cuando anda con tapujos con los que proceden mal. No se lo
desprestigia cuando se lo manda al juez federal para que la justicia le ajuste
las cuentas a ese mal funcionario. El que se equivoca bienvenido sea, si se
equivoca sin mala intención. A ese debemos enseñarle. Al bandido hay que
mandarlo a la cárcel.
La burocracia
retardatriz que mata todas las inteligencias y todas las capacidades
La función de
gobierno, señores, es muy compleja. Tiene muchas tareas que a menudo se olvidan
y que son fundamentales. Si uno ve y toma casos concretos, ya que los ejemplos
aclaran, pueden llegar a conclusiones bien determinantes en muchos aspectos.
Una de las cosas, después de la deshonestidad, que más se queja la gente, es la
burocracia que retarda los trámites en todos sus aspectos.
¿A qué obedece eso?
En la administración pública, y esto se ve hasta en las instituciones
militares, que son las que tienen disciplina y código, hay una burocracia
retardatriz, muchas veces por la ampulosidad, otras veces, por inercia que mata
todas las inteligencias y todas las capacidades.
Hay algunos que
tardan quince días en hacer un estudio y traen escrito un diccionario
enciclopédico, cuando eso debería estar listo, en vez de en ocho tomos, en ocho
páginas. El que no tienen capacidad de síntesis no puede ser funcionario ni
empleado público.
Un espíritu de
responsabilidad suficiente para resolver situaciones
En cada funcionario y
en cada empleado debe haber un espíritu de responsabilidad suficiente para
resolver por si los expedientes que llegan, porque si no se anulan todas las
capacidades y todas las inteligencias.
Observan ustedes lo
que pasa en una oficina pública: llega un expediente a Mesa de Entradas, con
catorce sellos, con ocho números y veinte rúbricas. Lo recibe la Dirección
General. El director general dice de qué se trata: “Señor, tal cosa. Muy bien,
déle trámite”. Pasa al segundo jefe, éste dice también de que se trata: “Déle
trámite. Pasa al auxiliar y éste dice de qué se trata y déle trámite y pasa a
tal para que informe”. Esto dura ocho días. El que informa tarda otros ocho
días y después vuelve a hacerse la misma recorrida. Y ahora pasará a Técnica o
Arquitectura. Allá va y vuelve la cadena: del jefe al segundo, de éste al
auxiliar, y de éste a Juan Pérez, y éste que es el que hace trámites, es un
pobre hombre que no sabe nada y que no puede resolver por si porque es un
empleado de la oficina. Finalmente se informa, y del informe pasan ocho años y
se gastan ocho toneladas de papel y no se ha resuelto el problema y hay
ochocientos afuera que están protestando contra los funcionarios.
Debemos matar el
sentido burocrático
Eso no es de una
oficina, es de muchas oficinas. Hay que terminar con eso. Quien recibe el
expediente debe pensar si lo puede resolver o no. Si lo puede resolver, que lo
haga. “Firma Fulano de Tal”, y toma la responsabilidad de la resolución,
cualquiera sea su jerarquía. Si no lo puede resolver, va al jefe y le pregunta
cómo se resuelve. Bien, firma el jefe y listo, sale. Y hasta por teléfono se
hace si es necesario tomando los recaudos indispensables.
Si nosotros no
tomamos el sentido burocrático del “déle trámite”, el “déle trámite”, nos va a
matar a todos. Esa es la realidad. Por eso es que debemos tener 750.000 agentes
públicos cuando podríamos resolver los asuntos con 250.000 o 300.000. Porque
claro, cuando lo recibe el jefe, va al segundo jefe, después al auxiliar y
después al escribiente, sería bastante con éste para hacer el trámite. ¿Para
qué tengo esa gente delante?. Lo que pasa es que hay que tener menor número de
funcionarios y empleados, pero pagarles mejor y que trabajen más, porque es
lógico: a mayor pago corresponde mayor fatiga. Debemos tener el menor número de
empleados y pagarles lo más posible, y exigirles que rindan en su trabajo, no
solo en el trabajo material, sino también en cargar con la responsabilidad que
él como funcionario o empleado público, tiene la obligación de cargar.
Hay pusilánimes que
nunca se animan a resolver nada. Esos son rémoras en la rueda de la
administración. Hacen más mal ésos que todos los “contras sumados”.
Asegurar el futuro de la administración pública con la
capacitación
He querido presentar
así el problema, descarnadamente, hasta con la terminología oficinesca, para
hacer resaltar la necesidad de educar a nuestra gente. En este segundo plan
quinquenal, el ideal sería que cada funcionario público se convierta en un
maestro para enseñarle a los demás lo que él sabe y para darle también el alma
de los demás lo que él tiene de calificado en su propia alma, educarlo e instruirlo
en la función.
Si nosotros
realizamos eso, quizá la República tenga mucho más que agradecernos que por
todas las demás cosas que hemos hecho, porque nosotros estamos con nuestros
actos propugnando el presente pero si formamos una administración de este tipo,
incontaminable y capacitada, el país nos tendrá que agradecer siempre su marcha
ordenada y orgánica a través del tiempo; aseguremos así el futuro de la
administración pública.
Eso es lo
trascendente: eso es lo importante. Cuando un jefe pasa por una oficina, sus
empleados deberán decir, dentro de diez o de veinte años: “Este hombre era
capaz y hacía bien. ¡Lo que me enseñó este hombre, que hombre capaz, que hombre
correcto!”. Eso es mucho más lindo y mucho más constructivo para un hombre que
lo que pueda haber hecho en cuanto a las soluciones más o menos favorables que
él dio a la administración y al gobierno.
Enseñar en la
administración es la palabra de orden de nuestros días
Enseñar en la
administración es la palabra de orden de nuestros días. Porque francamente,
tenemos una administración con muchos defectos que hay que corregir y
modificar. Tenemos buena gente; pero también tenemos algunos de los otros. Hay
que echarlos a los otros, hay que sacárselos de encima. Son una rémora en la oficina.
Cuando reciben una directiva del director, la comentan jocosamente, y así están
haciendo sabotaje dentro de la oficina sin que nadie se dé cuenta. Después
dicen: “¡Fulano que gracioso! Todo lo comenta en broma”. A ése hay que darle un
sillazo el primer día y sacarlo de la oficina.
Hay otro tipo de mal
funcionamiento, que es el buen muchacho, jefe de una oficina. De él: “¡Qué
bueno es Fulano!”. Claro, en su oficina cada uno hace lo que quiere. ¿Cómo no
va a ser bueno? Sí algún empleado no puede venir, él le dice: “dame la tarjeta,
que te la firma mañana”. Y el mismo jefe se la firma al empleado. A propósito,
hace pocos días firmé un decreto rebajando de categoría un jefe porque había
hecho eso. Yo dije: “está bien, hay que rebajarle la categoría, y la próxima
que haga sólo se va a ir por la cola”.
Formar hombres que sepan enseñar con el ejemplo y que sepan
afrontar la responsabilidad del acto público
Hay de todo entre los
hombres, pero los que nosotros tenemos que formar son hombres que sepan enseñar
con el ejemplo. No hay jefe malo si el jefe es un hombre capacitado que enseña
y aconseja a sus hombres. La rigidez del servicio público exige eso: el
sacrificio de imponer cuando es necesario imponerse e ir formando hombres de
carácter, hombres que sepan afrontar la responsabilidad del acto público.
Satisfaciendo su propia conciencia, que es lo mejor que uno puede satisfacer,
cuando obra en bien del servicio de la Nación. Todo eso no es tan fácil de
formar. Presupone pensar seriamente en la educación e instrucción del
subordinado que uno tiene en la oficina y en la Gestión Pública.
Una administración
donde cada uno cumpla honradamente con su deber
Señores: sería largo
y redundante para ustedes, ya que son funcionarios hechos, que yo siguiera insistiendo
sobre estas cosas; pero ustedes saben que esto es la verdad, y ustedes saben
que lo que yo digo que hay que hacer es lo conveniente: Yo sé que ustedes
comparten todo, porque tienen más experiencia que yo y saben más que yo de
oficina, y yo estoy persuadido, absolutamente persuadido, de que ustedes van a
ponerse con empeño a preparar su personal. Cuando ese instrumento esté formado
y tenga el temple magnífico que le podamos dar nosotros, el trabajo público
será una cosa agradable, linda, y sacaremos de las oficinas todos esos
problemas y sinsabores que los hombres no capacitados y con otros defectos
traen a la oficina para complicar y amargar la vida en una administración que
debería desenvolverse con toda fluidez y con toda tranquilidad, donde cada uno
cumpla honradamente con su deber.
En este aspecto yo no
quiero abundar, pero si quiero decir como corolario de esto que la Gestión
Pública no es solamente una tarea de concepción de los problemas y de
realización de las soluciones, sino también una tarea de permanente persuasión
de los hombres que uno tiene a sus órdenes. El que se considere jefe de una
repartición, el que se considere funcionario de la República, ha de ponerse en
esa situación y ha de dignificarla en todos sus actos, dignificándose de esa
manera así mismo sus proyecciones frente a la obligación y frente al país.
Algunos dicen que a
los funcionarios no se los prestigia. No, el funcionario se prestigia a sí
mismo y a la administración la prestigiamos entre todos los funcionarios y entre
todos la desprestigiamos. Yo no puedo prestigiar a nadie. Cada uno se prestigia
a sí mismo con sus procedimientos, con su capacidad y con su honradez. Se
equivoca aquel que dice que no le dan el puesto que les corresponde a los
funcionarios. Sí, al funcionario se le da el puesto que le corresponde. Yo lo
único que puedo hacer es ponerlo dentro del presupuesto. Lo demás lo tiene que
hacer él con sus conductas. Formemos hombres de acuerdo con estos principios y
la República tendrá un organismo orgánico de administración y de gobierno que
resistiría a todos los discrecionalismos que quieran entrar dentro del
gobierno. Esta marcha es necesaria asegurarla por si. El Estado y la Nación
deben marchar solos. Nosotros los gobernantes podemos indicarles la dirección,
pero la marcha debe ser ejecutada por él. Ese organismo, ese mecanismo, debemos
dárselo noble, bien templado y bien capacitado, y eso será lo que nos va a
agradecer en el futuro la Nación.
Dejar al país una
administración bien organizada y bien capacitada moral y técnicamente
Yo sería muy feliz si
al dejar el gobierno de la Nación el pueblo dijera: “No hizo gran cosa, pero
dejó una administración magnífica para el país, bien organizada, bien
capacitada moral y técnicamente”. Me sentiría muy feliz porque eso me estaría
indicando que habría trabajado no sólo para el presente, sino también para el
porvenir de la Nación.
Esa obligación la
tenemos todos nosotros, que somos en el fondo compañeros de una tarea común,
pero también esa satisfacción debe ser el anhelo y la aspiración de todos
nosotros. Que cada uno lo cumpla en la medida que su acción le permita
realizarlo, pensando en que estaremos todos agradecidos de todos. Si cumplimos
con esto, que es un mandato imperativo de la necesidad orgánica del momento; si
lo hacemos, todo andará mejor y tendremos la inmensa satisfacción de contemplar
el panorama de la Nación desarrollándose con toda organicidad y racionalismo
dentro de una vida que será cada día más llevadera, porque en la función que
nosotros desempeñamos está puesto también el destino de cada uno de los
ciudadanos argentinos. Muchas veces el gobierno crea un callo sobre el corazón.
Sacrificio y desvelo
Eso es lo que debemos
evitar: que no haya callos ni sobre el corazón ni sobre el entendimiento.
Nosotros tenemos una responsabilidad enorme que cumplir. Estamos de acuerdo en
enfrentarla y afrontarla. De cómo lo hagamos, es de lo que nos va a pedir
cuentas el futuro de la Nación.
Por eso yo he
querido, en esta conversación entre amigos y funcionarios, pedirle a cada uno
de ustedes que anote sobre su escritorio en una sola frase, para tenerla
siempre delante de los ojos: “No debo olvidar que además de un administrador y
de un agente de gobierno soy también un maestro de mis subordinados”. Si lo
hace, si lo cumple, todos tendremos mucho que agradecer.
Señores: no quiero
terminar estas palabras, ya que es la primera oportunidad en que nos reunimos,
sin agradecerles a todos cuanto han hecho para que esta organización haya
alcanzado el estado actual. El hecho de que tengamos aspiraciones de
perfeccionamiento para el futuro no implica en manera alguna, que cada uno de
ustedes, funcionarios de la República, no haya sabido cumplir acabadamente con
su deber. Cada uno lo ha hecho en la medida de sus fuerzas. Mi obligación de
dirigente superior es señalar los rumbos del futuro y pedirles que a ese
esfuerzo y a ese sacrificio que todos ustedes han realizado en bien de la
Nación, los coronen aumentando un poco más de desvelo y de sacrificio para mejorar
la calidad de la administración y del gobierno.
Yo les agradezco todo
cuanto han hecho, y espero que en 1958 pueda darle un abrazo a cada uno por la
inmensa tarea cumplida en beneficio de la administración y del gobierno de la
República.

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